Hace unos días, con razón de una tarea en el ramo de periodismo político que encomendé a mis alumnos, uno me sorprendió con un artículo que escribí hace unos años, cuando Ricardo Lagos era presidente.
Me parece sorprendente lo similar del escenario político actual y los problemas que están en el foco público
“Honor al Soberano (5-9-05)
Partamos por una declaración necesaria: creo que los gobiernos de la Concertación han sido muy positivos para el país. Que el período de Ricardo Lagos tiene muchos más logros que desaciertos. No me cabe duda que tenemos un país infinitamente mejor respecto del que habitábamos hace 20 o 25 años.
Nuestro Chile de hoy es más libre, más plural, más inclusivo, más tolerante y más democrático.
Todo lo anterior es bueno dejarlo registrado porque no queremos sumarnos al coro de los que disparan con escopeta y a la bandada o de quienes administran la marginalidad política como un capital de subsistencia.
El tema es que, como enseñaba el viejo Aristóteles, el círculo del saber amplía la vastedad de la ignorancia. Por lo tanto, en la medida que se progresa, aparecen más exigencias; y la obligación de un buen dirigente o, dicho de manera más global, de los dirigentes que quieren responder al prestigio de esa categoría, es tener buenas y prontas respuestas, para las nuevas y más altas demandas de la sociedad. De lo contrario se corre el riesgo que todo lo conquistado parezca un asunto menor, al lado de lo que resta por conseguir.
Si nos situamos estrictamente en el plano político, debemos aceptar que estamos en un momento crucial. Nuestra democracia, que ha significado la recuperación de trascendentales derechos para los chilenos, requiere de un nuevo impulso. De un viento a favor que arrastre a los ciudadanos a niveles de mayor compromiso con el sistema y, especialmente en el caso de los jóvenes, los lleve a comprender el gigantesco valor de la ciudadanía.
Durante muchos años el proceso de restauración democrático sirvió como elemento central del proceso. Eso sin duda ya no es suficiente. En parte porque muchos de los objetivos se han conseguido y en otra muy importante medida porque se requieren niveles de calidad democrática superiores.
¿Cómo se mide la calidad de la democracia política? Simple: por el real poder que tiene el Soberano. Esa es la vara que, de muy distintas formas de acuerdo al progreso de los tiempos, distingue la profundidad de la democracia política al interior de una sociedad.
Tal vez sea bueno recordar, por si acaso, que el Soberano es el Pueblo.
Yendo a lo concreto, pasada la primera mitad de la primera década del siglo 21 resulta sano comenzar a transitar el camino de la democracia participativa.
Que ¿cómo se hace eso? Quitándole cuotas de poder a los representantes y devolviéndolo a la sociedad civil. Por supuesto que el asunto no es fácil ni se resuelve “de una”. Debe ser un caminar progresivo y lógico que fortalezca las instituciones democráticas y convoque a las mayorías.
Si lo entendemos así, resulta evidente que la manera como, por ejemplo, los partidos están resolviendo los temas de las listas parlamentarias va exactamente en la dirección contraria.
Nuestra elite política, especialmente la concertacionista por su discurso esencial, tiene una deuda en este sentido. Una deuda que crece y el crédito no es infinito.”
El día 19 de Mayo de 2010 escribí un post, con ocasión del día mundial de las telecomunicaciones, titulado “Internet no es un Derecho Fundamental…”.
En dicho análisis concluí que Internet es una vía para obtener un Derecho Fundamental: Derecho a la Información.
Toda la verdadera “pelotera”, de altísimos decibeles que, una vez más, se ha instalado en torno al Transantiago, me hizo recordar al gran Gonzalo Rojas, el poeta, y uno de sus más inspirados y conocidos versos, donde se pregunta: “¿qué se ama, cuando se ama?”.
Cometiendo un exceso, nos interrogamos: ¿qué se discute, cuando se discute, respecto del Sistema de Transporte Público? Porque la cantidad de imprecisiones, inexactitudes, falsedades y exageraciones, han llevado el tema fuera de los ámbitos en que siempre debió estar: el técnico. El de la búsqueda de soluciones reales y eficaces; el de aceptar errores, pero de todos, y buscar auténticamente su corrección.
Obviamente ese no ha sido el camino recorrido. Por el contrario, la grandilocuencia, cuando no la derecha mala intención, ha transformado al Transantiago en un Frankestein bastante más deforme y torpe de lo que realmente es.
Aquí estamos frente a un ejemplo evidente de cómo la realidad es una creación. Una imposición de las opiniones más fuertes, que instalan, a través de los medios, una sensación predominante; una temperatura ambiente digitada, que enfría o calienta las percepciones.
Evidentemente que el sistema tiene problemas y ellos son serios, muy serios. Pero, si se tomara como parámetro aquello que se dice de él, deberíamos imaginar una ciudad paralizada, con habitantes que no se pueden desplazar a sus trabajos y ocupaciones. Y eso, ciertamente, no está ocurriendo.
Entonces, para atacar de manera adecuada el tema resulta imprescindible “despolitizarlo”. Es decir, despojarlo del carácter de recurso fácil, para adjudicar culpas y dedicar los esfuerzos a pensar, sin dogmas ni paradigmas inamovibles, fórmulas reales de salida.
El Transantiago es un sistema complejo, que depende de múltiples factores para cumplir con su cometido de manera adecuada. Se necesita de infraestructura que es responsabilidad del Estado y que no está (vías segregadas, estaciones intermodales, sistema de control de flota, paraderos de pago diferido, etc.) Se necesita un administrador financiero que haga realmente su trabajo. Se necesitan operadores que asuman la magnitud de su tarea y no intenten torcer la nariz a sus obligaciones.
Por lo tanto, una evaluación responsable implica ver cómo cada una de las partes ha aportado a construir un todo armónico.
Por último, y si se quiere llegar al fondo del asunto, es fundamental revisar el diseño global. Ver qué premisas siguen siendo sustentables y cuáles deben ser modificadas definitivamente. Pero, con seriedad y teniendo como verdadero norte construir un sistema que responda a las necesidades de los usuarios a largo plazo y, muy importante, considere a la ciudad y su equilibrio, como un factor protagónico de los estudios.
¿Qué se discute, cuando se discute?
Ojalá que la tarea de fondo pese más que el resultado de la siguiente encuesta de popularidad.
Ayer en twitter se “viralizó” una nota publicada en La Segunda, acerca de y gestionada por una agencia de comunicaciones, anunciando que comenzaba a ofrecer servicios “web 3.0 y nidish” a través de dos conocidos personajes del medio que se habían asociado para ello. La publicación contenía dos graves errores, no sabemos si cometidos por las fuentas o por el periodista que escribió la nota:
1. Los servicios que ofrecen a través de la “web 3.0”, no quedan claros. Quizás se referían a la web 2.0 que es la web que permite interactividad total o acaso, uno puede suponer, pretendieron “adelantarse a los tiempos” y ofrecer un servicio precursor referido a la web semántica o web3D. No se sabe.
2.“Nidish” se escribe “Needish”y es un portal en el que se plantea una necesidad (need) y uno puede acceder a varias alternativas que la cubren.
Independiente de dichos errores -imperdonables en el contexto de este análisis-, lo que me motiva a referirme al hecho, son las consecuencias comunicacionales que resultaron del asunto: Twitter, de inmediato, se llenó de comentarios de “líderes twitteros” y muchos otros que retuitearon y multiplicaron los mensajes, ridiculizando no sólo a los personajes que se asociaron para ofrecer el servicio, sino que también a la agencia que los cobija, así como a la escasa experiencia que demostraron. Claro, muchos podrían pensar : “Pero lograron su objetivo: se viralizó y muchos supieron que ahora esa agencia ofrece el servicio”. Aquí la pregunta es: ¿Cuál servicio? ¿”3.0 y nidish”? Quizás de verdad el servicio que ofrecen es de altísima calidad, quizás realmente pueden demostrar una gran experiencia al respecto, pero después de lo que ocurrió, es válido cuestionarla. Entonces viene la otra pregunta: ¿Dónde compruebo esa experiencia?
Estamos, entonces, ante el mismo tema que ya hemos comentado en posteos anteriores: Se puede ser “notorio” pero no “notable” y es éste el eje de mayor cuidado en los procesos de gestión de la reputación, asunto en el cual todos los que trabajamos en comunicaciones debemos poner el mayor cuidado. Cito a Verónica Alliende en su post “Comunicación Estratégica: Más Profesionalismo que contactos”, cuando señala: “Cuando una organización, ya sea una empresa o institución, pública o privada, decide trabajar seriamente en la construcción de su reputación, lo que necesita es un equipo profesional que sea capaz de proyectar hacia sus públicos de interés y la opinión pública, los verdaderos aportes que realiza en su campo de acción para ser valorada y respetada por lo que es. El reto no es conseguir más centímetros columna o minutos en los medios de comunicación, para cultivar la fama. El mayor desafío es lograr posicionarse en el lugar exacto en donde se debe estar en la mente colectiva”.
El caso de los comentarios de ayer en twitter, al que me refiero, es otra clara demostración de la aún mayor sensibilidad que existe actualmente, respecto de la imagen, la reputación y las relaciones sociales. La exposición que hoy existe no perdona errores. Menos aún si no hay transparencia e inmediatez de respuesta; si no hay feedback permanente y veracidad. Hoy la comunidad informa, opina, conversa; tanto entre sí como con las empresas y las marcas. Por eso, la interactividad permanente de parte de esas empresas, personas y marcas es una regla básica para administrar y gestionar reputación vía redes sociales, es una exigencia mínima. Al mismo tiempo, lo que más fue criticado y comentado ayer en twitter, fue justamente el hecho de que profesionales del área de las comunicaciones estaban ofreciendo un servicio que demostraron no saber administrar para ellos mismos, en el momento en que las críticas a los errores garrafales explotaron y se multiplicaron. De los interesados no hubo manifestación alguna de respuesta. E incluso muchos pusieron en duda si estaban enterados acerca de lo que en ese momento se estaba comentando, afectando directamente la reputación de los que se daban a conocer como expertos en el tema.
No calcularon lo mínimo. Ya sabemos que los públicos están organizados en redes sociales y comunidades virtuales. Ya sabemos que poseen un conocimiento profundo y otorgan una valoración personal a marcas, organizaciones y personajes públicos, compartiendo sus propias experiencias, por sobre los esfuerzos corporativos, difundidos a través de los medios tradicionales. Esto obliga al enfrentamiento de importantes desafíos: mientras mayor visibilidad se exhiba, más exposición y, por ende, mayor nivel de vulnerabilidad. Sin embargo, los que gestionaron su aparición en La Segunda, con equívocos en la publicación, al parecer no comprenden, aún, este nuevo paradigma. En un segundo, por el poder adquirido gracias a la tecnología de la conexión permanente y a la nueva estructura de redes, todos: personas, líderes de opinión, profesionales, periodistas sobre todo y la competencia, pueden aprovechar la notoriedad de empresas, instituciones o personas para destruir por completo las imágenes vendidas, especialmente si hay errores expuestos.
Cuando TVN vendió a Direct TV sus derechos del Mundial de Fútbol tomó una decisión doblemente equivocada. En primer lugar, se desprendió de buena parte de los partidos más importantes del evento y, además, envió una pésima señal de carácter sociológico.
Vamos por parte: Primero, es razonable que un canal de TV abierta, cuando hace una inversión de alto costo, como lo es Sudáfrica 2010, negocie luego con operadores de otros soportes; ya sea cable o tv satelital y radio. Se trata de compartir costos y derechos, pero lo que no parece lógico es entregar el liderazgo de las transmisiones. Más aún, tampoco es adecuado que TVN se haya presentado como “el canal del mundial” y ofreciera “la mayor cobertura”, si había declinado la transmisión de una parte sustantiva de lo mejor de aquella oferta. Se trató de una comunicación deliberadamente confusa, que debió ser transparentada cuando los televidentes no pudieron ver encuentros claves de los octavos de final. Es una mala receta la aplicada, no sólo porque provoca un evidente malestar entre quienes creyeron que pegado a la señal del “canal de todos” estaría en un asiento privilegiado para observar en directo el mayor espectáculo del mundo, sino –lo que es infinitamente más grave- como consecuencia de lo anterior se afectó de manera aún difícil de medir la confianza entre el público y el Canal Nacional. Esa complicidad, también llamado pacto tácito entre las audiencias y un medio, es básico en el sostenimiento de la credibilidad del último y, bien sabemos, ella es el principal activo de un emisor masivo.
Defraudar una expectativa que no nació de un exceso del público, sino de una publicidad claramente engañosa que la alimentó, es complejo de reparar y no basta con una declaración pública tardía y a todas luces obligada.
Más delicada todavía es la segunda parte de este desaguisado. TVN nos volvió a recordar que, en todos los ámbitos de nuestra sociedad manda la plata. Que cada vez quedan menos espacios donde la igualación es posible. Entre ellos estaba la tele que no podía ofrecer sentirnos parte de un mismo espacio sin tener que adquirir ese derecho vía pago directo.
Un paréntesis, TVN carga con la responsabilidad de ser el canal público, pero debe subsistir en la industria televisiva con las mismas armas de las estaciones privadas. Este contrasentido sin duda agrega dificultades al de suyo complicado balance de un canal de TV. Seguramente este tema sería menos agudo si el protagonista fuera una estación netamente privada. Pero, al mismo tiempo, TVN aprovecha su condición como un valor diferenciador a la hora de construir su imagen pública. Y eso también debe ser tomado en consideración a la hora de evaluar el desempeño global de la estación estatal. Cierre de paréntesis.
Volvamos al punto. Si todo es dinero. Si incluso el Mundial de Fútbol, que es una suerte de patrimonio universal del cual nos sentimos dueños por el mero hecho de participar de la pasión futbolera, también me cachetea en el rostro por mi incapacidad económica, dejándome al margen de algunas de sus mejores partes; la señal es afilada como una navaja de doble filo: o pagas o estás fuera. Ergo, conseguir plata es lo único que importa.
Puede parecer algo excesivo el raciocinio. Sin embargo creo que es justo. Si estamos concientes que una de los grandes desafíos de nuestra sociedad es avanzar en procesos inclusivos, parece del todo absurdo provocar estas situaciones de enojosa y tan evidente exclusión.
Hay inversiones sociales de bajo costo y alta rentabilidad. Una de ellas es mostrar que existen ocasiones en que todos somos más o menos iguales; digamos, “más que sea”, parecidos. En ese sentido tener una pantalla que te invita a ser protagonista del máximo evento mundial y luego te dice que no; que los verdaderos convocados son los que ponen “lucas” sobre la mesa, te está gritando que este mundo es de los “pillos”, que los “giles” se quedan abajo y, cualquiera sea el método o la forma “tener lucas” es lo único que importa.
Al menos deberíamos pensarlo.